Las montañas crujen de frío

en la negra noche

en el diluvio

Las quiero tapar

con un suave y dulce manto

Es extenso, de miles y miles de kilómetros

A tientas por sus bordes

las voy cubriendo

Algunas frondosas

otras escarpadas

Estoy en el medio

ahí donde se unen

Me acurruco y me acuesto

me cubro también

paso la noche con ellas

El amanecer con su intensa luz

nos atraviesa

Poco a poco retiro

los kilómetros sedosos

Tienen otro color

están más vivas que nunca

Somos cómplices

 

Qué tal si volvemos en el tiempo! 
Allí donde se conservan tus mejores recuerdos,
un aroma único,
sensaciones nítidas, vívidas,
el tacto de una flor,
el sabor de unos labios carmesí,
un cielo fantasmal y a la vez angelical,
un aliento que te alienta,
unas manos de sol,
unos pasos firmes con destinos inciertos,
el riesgo del azar.
Un escenario des-equilibradamente perfecto
en un instante remoto, si remoto quizá,
pero tuyo, sólo para ti, sin arrebatos.

El vértigo. Y las olas. Y los nervios. Y temblar. Como si fuera la tierra o un pájaro o mis manos en el frío. Lo inminente. La no permanencia. La transformación. La imposibilidad de la evasión y todos los días son el mismo no día. El único día que existe será cuando llegue. Cuando me monte en la ola. Cuando me arrastre el vértigo. Cuando la tierra y los pájaros y mis manos tiemblen indistintamente. Las aves migratorias son valientes. Haré méritos para ganar medallas de valentía: iré al cielo aunque tema a las alturas, iré al frente de batalla aunque odie la guerra, entregaré mi corazón aunque lo haya blindado. 

El abismo. Las rocas. Los cuervos negros planeando el cielo. Y los sueños de azúcar. Y amuletos. Y las charlas indistintas. Y creer en la palabra. Escoger la palabra. Tomar el camino de la palabra y tenderse sobre él para ver lo que haya que ver. Sea lo fuere. Un avión cruzando por encima de mi cabeza que fantasea con accidentes. O un globo miedoso. O los cuervos que cortan el azul del cielo. 

Trastabillo. Camino y me tropiezo. Los zapatos me quedan grandes. No estoy en ningún lado. Fragmentada. Estoy en el espacio aéreo. Entre un lado y ningún lado. Si me vuelves a decir que nos escapemos a San Juan de Puerto Rico, me iré contigo. 

Los desbesos

                                                                              Aquí va tu nombre. 

Tú estás allá

y ante eso no han inventado cura.

Mas levantamos cada día

un puente de desbesos.

De simulacros estilizados

de un beso sobre el otro,

de un beso dentro del otro.

Estrategias militares en complicidad.

Intercambiamos mapas de las bocas

y nos estudiamos.

Planeamos el ataque.

Nos desbesamos para sobrevivir

a la injusta horizontal

que separa nuestras bocas.

Bocas kilométricas,

desbesos con diferentes

husos horarios,

lenguas de alto alcance.

Desbesos que son

besos esperando un avión retrasado.

Siempre vuelves a mí

con tu rostro de nuestra catástrofe.
Con los ojos accidentados
me cuentas la historia
de cómo estuvimos a punto
de perfectamente no haber ocurrido.
Agredidos, lesionados.
Enfrentados con violencia
en una esquina de la vida en hora pico.
Te digo que eres los veintidós años que
llevaba sin respirar. Bajo el agua.
Me dices que me has rescatado.
Me dices que también hay accidentes que salvan.

Problema N°1: Reconozco algo eterno en cuanto lo veo.
Problema N°2: Algo efímero, también.
Problema N°3: La primera cosa más evidente del mundo es una persona enamorada. La segunda: una coartada.
Problema N°4: Domesticarse a base de emociones es un privilegio sin escape.
Problema N°5: Tengo una memoria selectiva que sabotea cualquier clase de estabilidad.
Problema N°6: La felicidad extrema es la que se sintió inconsciente de una necesidad superior de alardear de ella.
Problema N°7: Creo ser la única persona en el mundo capaz de entender que una decisión tomada en torno al dolor, no es realmente una decisión.
Problema N°8: Puedo contabilizar más fantasías y análisis completados que litros de coca cola light absorbidos por mi cuerpo.
Problema N°9: RECONOZCO ALGO ETERNO EN CUANTO LO VEO.
Problema N°10: Hay problemas… Y son un estado de gracia.

Prometo no acobardarme a la hora 
de rodear el prisma de tu cintura
acercarme cauteloso al lecho 
de iris misterioso, náufrago sombrío
ente y lucero que sana y cura
me asomo en tus hombros 
y descubro el despertar de la locura
el coral de las nubes en tus parpados
la rosa menguante de tus labios
risueña ciencia enamoradiza
ámbar que medita entre sabios
he viajado una y otra vez al espacio
prometo roce boreal con mis manos
hacer tu andar y el mío un presagio
que agite las olas trémulas despacio
ansío el vértigo espontáneo donde
vuelva valles de cuarzo tus pantanos
prometo no darle tregua a tu aliento
mantener tu suspiro recién despierto
tomar el sol y evocar el arte 
de pintarte auroras a cada hora
y a cada instante.

Me desnudo ante ti. Y ante todos ustedes.

Me desnudo ante este destino que se acaba y tiene prisa por volver. Me desnudo ante este mundo que en ocasiones me aterra y se me antoja demasiado estúpido, demasiado irreal, demasiado cruel. Me desnudo ante aquella despedida que te dejó mi ausencia como recuerdo y ante esos besos que desarman mi cintura cada vez que me haces el amor. Me desnudo ante la adversidad que me hace fuerte y ante esos defectos que desesperan al sol bajo las preguntas de las olas que destapan tu sonrisa. Me desnudo ante ella y ante él. Ante ellos que jugaron a ser valientes en un mundo de cobardes y ante todos los que sin pensarlo, hacen de su empeño un constante latido donde otros viven. Donde otros respiran.

Me desnudo ante la inmensidad de las estrellas y ante el secreto que me contaste mientras tomábamos café. Lo hago despacio, sin prisas, acariciando mis miedos y el olor a miel de tus pestañas. Me desnudo ante la fragilidad de mi piel y ante la coraza de mis dedos que golpean fuertemente el viento para que te lleven lejos, muy lejos de aquí. Muy lejos de mí. Me desnudo sin maquillaje, sin disfraces ni sentimientos concatenados que hablan de perdón. Que hablan de un susurro hecho gritos y bailan en acordes despeinados una canción que se despide en el cielo. Un impulso descarado que se eleva, sin quererlo, en una maraña de voces que solo hablan de nada y de nada hablan sin más sentido que una premisa hecha prisa.

Me desnudo ante tu belleza traviesa, ante la magia de tus abrazos y ante un querer que me mata sin importarme. Me desnudo ante un despropósito social que hace mella a mis sentidos pero aún así, me alejo. No cuenten conmigo. Me desnudo ante un te quiero, ante un gracias y ante un lo siento. Lo hago cada vez que te veo y cada vez que duermes a mi lado. Me desnudo ante el silencio y ante el hambre de unas sombras hecha niños. Ante la incomprensión de esos gritos de un anhelo incontrolado, que respira torpemente por última vez. Me desnudo ante la hipocresía de todos ellos, de todos ustedes y ante la mía propia.Hace tiempo decidí ir desnuda por la vida. Sin adornos, sin pesados cumplidos, sin más equipaje que una honestidad forjada en mis propósitos, en mis palabras y en mi hacer. Me desnudo ante todos los que hacen de la violencia un pretexto perfecto, haciendo trizas el alma de cualquier persona. De cualquier animal, de cualquier ser, de cualquier cosa. O como más te guste a ti llamarlo. De cualquier alma, al fin y al cabo.

Me desnudo cuando sale el sol, cuando la brisa calla y la luna revienta. Me desnudo ante mis miedos y la insensatez de esas ocasiones en las que creo que no puedo. Me desnudo sin más, habiendo hecho los deberes del ayer y viviendo en el presente una chispa futura de deseo. Me desnudo ante las notas de algodón , ante los pasajes con destino a nunca jamás y ante esa tierra a la que le pido que te trague y te escupa en otro planeta (a ser posible uno donde dejes el miedo y vengas a besarme). Me desnudo jugando a ser mayor a sumar en menos las ganas de seguir luchando, y dejar en positivo una cuenta que despierta una nevera sin más compañía que la tenue luz que la saluda, cada vez que abre su puerta. 

Me desnudo ante la idea de perderte, de perderme. Me desnudo ante mi impaciencia y ante estos estúpidos versos que sin más, quedarán en el olvido de un memoria permanente. Me desnudo ante la adversidad de que mientras pueda y mientras quiera, seguiré estando aquí.

Fiel.

Latente.

Desnuda.

Para volver a vestirme de VERDAD. Al menos de la mía.

Nuestras batallas son convencionales. Un juego lento, una espaciada tendencia a divagar en los límites. La sensatez arrasa por momentos, nos sitúa y nos obliga a ver la verdad. Alumbra la parte de nosotros que continúa un rodaje que de tantos personajes se hace invisible, se apaga. La insensatez nos aconseja seguir mirando al frente; y tropezamos con obstáculos insignificantes, y simulamos el encantamiento de absurdos. Robustos y astutos, rogando a cada semilla dar su fruto. ¿Cuando vino alguien a enseñarnos como caer? ¿Cuando fue que aprendimos a ser tan crueles con nosotros mismos asegurando que infringimos daño al enemigo? Mentir enciende una alarma imperceptible a ojos del resto. El inconsciente llamando, desesperado y silencioso. El recurso inagotable. La libertad errante que busca su prisión.

Eres una parte indisoluble de mi aventura. Un lugar donde llevarte en el que jamás te encontrarás, una promesa hecha de los restos de palabras que tienen tiempos y espacios para cobrar su realidad. Eres un minúsculo resquicio de mi fuerza al vivir. Un sentimentalismo utópico… como ahora mismo, cuando salgo a buscarte, como siempre, al sitio donde sé que nunca estarás.